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© Álvaro Germán Vilela
Álvaro Germán - Fotografía | De Church y otros recuerdos inventados
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De Church y otros recuerdos inventados

No me gustan los cortos. Ni verlos, ni hacerlos. No me gustan ni como espectador ni como técnico. Odio la preproducción, odio los rodajes, odio los estrenos, soporto la posproducción, (digital… alabado sea el señor… Dios es digital… ) y disfruto hasta límites insospechados de la creación, en absoluta soledad, de la luz una historia.

Desgraciadamente, el rodaje es la gran oportunidad para que todo lo que puede salir mal salga mal.
Woody Allen

Sobre el papel funciona y todo queda muy adecuado. El trabajo que se desarrolla anteriormente al rodaje para formar una imagen clave que marque el devenir de la creación de un ambiente puede llevar horas o meses. Depende de muchos factores, el más curioso es la capacidad del director para dejarte acceder a su cabeza y poder descubrir de que demonios te está hablando. Luego existen factores tan peregrinos de hacia quien o para que va dirigido ese cortometraje. En mis dos últimos trabajos digitales, Calle Libertad y Escarnio, se han dado los dos extremos, marcados claramente por ese ‘por donde empiezo’.

 

Calle Libertad

La proximidad y el realismo de esa narración lo marcaban todo, así que fue bastante sencillo visualizar mentalmente el ambiente que quería crear para ese puñado de realidad… o de recuerdos. Si unas cuantas frases del guión son capaces de aflorar tus recuerdos, es que es una buena historia.
La imagen clave fue la cocina, tanto para mi como para todos los que teníamos que revolver en el hipotálamo del espectador. Cómo respira esa cocina, qué hacen las personas dentro de ella para contagiarla de vida… qué les ofrece ese lugar a ellos… eran los enigmas a descubrir.
Estudios sobre la memoria demuestran que una imagen no necesariamente la recordamos tal y como se produjo. Todos los sentidos se activan para archivar esa imagen y posteriormente ser modelada en función de los sentimientos que ésta nos produce o nos ha producido con anterioridad.
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Este es el caso de las imágenes nostálgicas de la infancia, que con los años hemos ido embelleciendo, engalanando y puliendo hasta enmarcarla en el “cuarto de atrás”. Sólo en algunos momentos nos atrevemos a sacarlas de allí. Y uno de esas imágenes para mi es la cocina de la casa de mis padres, donde pasé mi infancia. Sí, es un clásico… y precisamente es lo que le hace funcionar en una narración de este tipo.

Al parvulario llevaba una bata azul celeste con cuellos blancos y tremendamente anchos, una bata siempre llena de rayas de colores producidas por las plastidecor.
Volvía a casa al atardecer subiendo una pequeña colina y desde su lomo observaba como el sol empezaba a caer golpeando el balcón de la cocina de mi casa.

Una vez allí, sentado sobre la lavadora y dando cuenta de un merecido trozo de pan con hermoso mazacote de chocolate, me dedicaba a observar como la luz que entraba por el balcón, invisible hasta ese momento, tomaba cuerpo al alcanzar el vapor de agua que producía la plancha de mi madre. En un momento la cocina estaba llena de una luz, tan visible como olorosa. Allí me quedaba hasta que el sol dejaba de dar brillo a las medallas de color trazadas sobre mi bata.

De ese momento, ¿Cuánto fue realidad?, ¿Cuánto ha sido embellecido por mi mente a lo largo de mi vida?. Siempre he pensado que soy fotógrafo por momentos como estos.

En una parte del dialogo de Calle Libertad se deja ver el gusto de uno de los personajes por esa luz postrera que invade las estancias y las dota de acogimiento y personalidad. Una luz que convertirá a la cocina en un escenario excepcional donde representar los recuerdos más íntimos del personaje. Una luz digna para sacarlos del “cuarto de atrás”.

A finales del siglo XIX con la luz eléctrica en pleno nacimiento, en los interiores de las casas todavía se disfrutaba de esos últimos momentos de luz o se regulaba con contraventanas, gasas y sobre todo con la distribución de los elementos dentro de la estancia. Artistas como Santiago Rusiñol o Ramón Casas retrataron en pleno modernismo estos ambientes como testamento fiel de unos momentos que serían suplidos por el nuevo invento.


Para ambientar Calle Libertad nos basamos en esa sensación lumínica ya que retratan perfectamente no sólo el contraste de los hogares, sino también el color somnoliento propio de la luz que entra casi de puntillas.
Como párvulo estoy realmente orgulloso de haber intentado ser fiel a ese recuerdo.

En esta situación me siento más un copista Cisterciense que un director de fotografía. Esta es la única posición adoptable para plasmar, no sólo unas imágenes, sino unos recuerdos… propios o prestados. Porque después de muchas horas rodadas estoy descubriendo que lo más difícil y complicado, tanto técnica como artísticamente, es plasmar los recuerdos de los demás, de los guionistas, actores, directores… y de los espectadores.

Interior con figura femenina , París 1890

 

Escarnio

Este relato al estar basado en un cuento nace de una manera más fría, más calculada, buscando un prisma capaz de concentrar la gama que requería la narración de Horacio Quiroga.
Lo primero en descartar fue la imagen convencional que se otorga a los cuentos infantiles. El glow y los colores primarios puros podían otorgar a la narración un carácter dramático que no acompañaba al universo propuesto por el autor.

 

 

Tras días buscando esa inspiración, y casi en el último momento, me topé en el Museo Thyssen de Madrid con una gran variedad de visiones románticas nacidas de la fusión entre las luces últimas y los paisajes de invención.
Los rojos de Church, la gama de grises de Friedrich, los marrones de Constable o los cielos verdes de Van Gogh tintaron la fotografía de Escarnio ofreciendo algunos de sus momentos más inquietantes.
Frederic Church, creaba sus paisajes en momentos del día que los hacía parecer casi irreales. Atardeceres con su naturaleza crepuscular, posiciones de contraluz y encuadres marginados producen esa sensación de cromaticidad saturada en los primarios
.

 

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Así que para imitar esa imagen el único camino era aplicar la misma técnica y decidí rodar a contraluz, a unas horas del día muy concretas, sobre un tipo de luz que dotaba al paisaje de un carácter casi irreal. Esta apuesta hubiese sido la más acertada si no fuese porque el rodaje se dilató más de lo esperado y sobrepasamos la luz otoñal hasta meternos de lleno en ventiscas, lloviznas, tormentas y frió, lo que borraba de un plumazo cualquier posibilidad de otorgarle lógica.

 

Al ver el primer copión me reencontré con unas imágenes que hacía años no recordaba, eran las ilustraciones de unos libros que leía de chaval “El pequeño Nicolás”. Eran unos libros franceses que narraban las aventuras de un niño y su pandilla de amigos. Estaban ilustrados por René Goscinny, el cuál nunca enmarcaba sus ilustraciones con viñetas, sólo con algunos elementos, como árboles, una cama u otros personajes que tenían la finalidad de delimitar el espacio de una manera mucho más plástica y menos rígida.
Y como de siempre he tendido tendencia a eso de romper el encuadre y así el formato, me encontré con un conocimiento adquirido y la suficiente memoria subconsciente como para  haber dejado los elementos que cortan el encuadre sin iluminar, sin trabajar… Inconscientemente se crearon formas que rompen el encuadre y que llevan la atención al centro del encuadre.

 

Dicho esto, rompamos con lo que hoy parece convertirse en norma, formatos, tiempos, formas narrativas o normas técnicas establecidas.  Y es que a este oficio nuestro, cada vez más construido a golpe de bits, rederes y mega CCD´s, le faltan recuerdos y universos que recrear con ellos. Muchas armas pero poca munición.

 

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