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© Álvaro Germán Vilela
Álvaro Germán - Fotografía | El precio del agua
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El precio del agua

Vi una construcción en el horizonte, así que calculé el tiempo que iban a tardar mis pies y rodillas en protestar de dar pedales y adecúe mi velocidad al tiempo que tardaría en llegar a esa especie de torre metálica que sin duda debería ser parte de una granja o lugar oportuno para encontrar agua. Ante tal convicción me decidí a meterme un último trago de agua ardiente (sí, separado) de mi botella metálica y el resto me lo tiré por encima de mi caso, que hizo las veces de dispersador y ayudó a que el líqudo cayese por mi cara, mi espalda y mis hombros. Esto último ayudó a no cargar peso más que a calmar el sofocón. La recompensa estaba a poco más de un par de kilómetros así que por qué no quemar las naves.

Camino Santiago
En el Camino de Santiago, a su paso por las tierras castellanas en el camino de Madrid, las distancias son muy engañosas, más cuando tu punto de referencia está en el horizonte y nunca se de cometer el error de finiquitar las provisiones hasta no llegar a destino. Porque cuando llegas a tu destino después de haber vagado varios kilómetros bajo la solana puede pasarte que lo que creías que era una idílica granja llena de ovejas en la que te iban a ofrecer su queso y su vino de pitarra, o cuanto menos agua fresca y cristalina, no es más que un viejo, oxidado, abandonado y maloliente silo. En otro momento y en otro lugar lo hubiese disfrutado, hubiese fotografiado todos sus ángulos e imaginado la cantidad de historias que se vivieron en torno a él. Pero en ese momento lo único que me salió fue  darle un par de patadas en la base, sufrí yo más que él, y desahogar mi vejiga a sombra. Ni que decir tiene que no tengo una fotografía para ilustrar tan curioso momento y lugar.
Sin nada que beber busqué algo que comer en el fondo de mis zurrones de neopreno. Allí estaba enterrada entre calcetines sucios una barrita de cereales.
Podría darme algo de sensación de húmedad en el paladar por medio de la salivación. No, no pudo. El paso de los secos cereales por mi boca y garganta llena de polvo de camino hizo un efecto lija que fue mi castigo por poco previsor.

Alternado tosidos y pedaladas recorrí la friolera de siete kilómetros más a velocidad paseo Verano Azul bajo un sol que llegué a pensar que me seguía y que me odiaba; a mí, solamente a mí.

Cuando hice la mili pasé mucha sed, en esos sitios, en las maniobras, te enseñan a pasar sed y a darte cuenta de que puedes llegar a volverte loco si te falta el agua. Cuando me lo contaron pensé que era una exageración, cuanto me contaron que iba a ser privado de agua un largo periodo de tiempo me provocó curiosidad, siempre me ha gustado probar de todo, y cuando lo hice no podía imaginar que el cerebro podría colapsar de tal manera.
Ese recuerdo me acompañaba a cada metro que avanzaba, porque avanzaba a metros por hora y no a kilómetros por hora. El haber conocido la sensación de privación de agua me ha acompañado desde entonces y siempre me pongo muy tenso si veo que no domino la situación de obtener agua, no así cuando no la tengo, el no tenerla es bastante habitual, pero siempre tienes la sensación de poder conseguirla en un breve periodo de tiempo. Pero cuando no tienes agua y tampoco tienes la sensación de poder conseguirla en breve es cuando el cerebro se pone nervioso al recordar lo ya vivido.

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Tras un nuevo asalto a la línea del horizonte encontré cuatro casas de piedra, una espadaña era lo único que le daba el calificativo de pueblo. Ese cerebro asustado mandó todo lo mandable a los músculo de las piernas y llegué a lo que tiempo después recordaría como a Velocidad Terminal.

Bajo la espadaña de la iglesia, el centro del pueblo, había una fuente y a ella me lancé casi sin haber frenado la bicicleta. Pensé que bebería durante un largo rato, pero no, di un trago corto para saborear el agua porque sabía que ya tenía controlada la situación de obtener agua. Tras disfrutar esa sensación es cuando me abandoné a la orgía acuífera. Bebí durante largo rato con toda mi cabeza bajo el fresco chorro hasta notar una mirada punzante detrás de mí. Efectivamente, bajo el dintel de la puerta de entrada de una de las casas se encontraba sentada una anciana que me miraba fijamente. Estaría ahí desde que yo llegué, pero no me había fijado, flipando con mi actitud, de la que fui consciente en ese momento.

Y como de eso se trata el Camino de Santiago, después de saludar cordialmente a la señora y de un par de eructos me tumbé a la sombra de algo que no recuerdo bien y busqué una moraleja. Da igual que el vino y el queso de la granja esté cerca, cuando llegues a ella puede que solamente puedas mear en un silo. Nunca te tires tu último trago de agua ardiente por la cabeza, puede que se convierta en un tesoro en un par de kilómetros. Esto, aplicado en el día a día y en muchos aspectos de la vida me ha venido muy bien.

Y sí, llegué, llegué a Santiago, creo, un poco más sabio.

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