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© Álvaro Germán Vilela
Álvaro Germán - Fotografía | El malhechor o el idiota. (Toscana II)
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El malhechor o el idiota. (Toscana II)

Continuación de la entrada  Florencia (Toscana I)

Entre Florencia y Siena todo es calmo, la vida pasa ajena a su propio pasado y toda la literatura e imágenes trucadas que han alimentado la leyenda del lugar componen un marco tan irreal como ansiado. Igualmente ansiado es su ricotta di pecora para mí. Solamente un animal que viva en esos campos tan felices son capaces de dar una leche igualmente feliz para producir un queso también muy feliz. Y como yo quería ser tan feliz como una oveja toscana, en mi caminar entre Florencia y Siena, decidí aventurarme en la búsqueda de una pequeña granja donde se produce la ricotta más sabrosa del mundo. Al menos es lo que pensaba la señora de la limpieza del hotel donde me alojaba en Florencia.

El trayecto lo cubría en autobús acompañado, en su mayoría, de señoras parlanchinas que portaban gallinas aportando al interior cierto agradable olor a corral. En las incontables y largas paradas donde subían y bajaban a relevos estas amables señoras y sus animales se aprovechaba para degustar algún embutido casero y también para involucrarme en interesantes conversaciones respecto a la mención de esos pueblos en la Divina Comedia. Una de estas amables señoras me informó que mi destino se encontraba en medio de un paraje que atravesamos en ese momento y sin una parada prevista hasta el siguiente pueblo.
Los que gustamos de vagar, a parte de viajar, no tenemos reparos en, prácticamente, tirarnos de un autobús o un tren en mitad de la nada, así que le pregunté al conductor si era posible que detuviera el autobús para bajarme. Mi pregunta en mitad del cacareo de alguna gallina resultaba un poco absurda, ahí regía la amable anarquía de la comodidad y la practicidad de muchas zonas rurales.
Y ahí estaba yo, en mitad del campo toscano, caminando en busca de una granja, con la única referencia de una indicación con un dedo señalando hacia el horizonte.

Después de más de una hora caminando y después de haber fotografiado todas las hierbas autóctonas me detuve con la sensación de estar dirigiéndome hacia la estupidez. Me descubrí a mi mismo pensando qué hago aquí.
El sol ya estaba cayendo, la sensación anterior se sumó la de qué hago yo ahora.
Vagando de vez en cuando me encuentro con la suma de estas dos sensaciones, se junta el qué hago yo aquí con el qué hago yo ahora. Lo suelo llamar un aquíahora. Si estoy muy aburrido me los provoco, y muy gordos, porque se suelen ir de madre. Este aquíahora prometía ser de estos últimos, pero era verano y quedaban unas cuantas horas de luz y la Toscana no es, a priori, un sitio peligroso.

En el momento en el que más me estaba preocupando por no encontrar, ni siquiera, el rastro de las pécoras, mi mente comenzó a rebobinar para recuperar las indicaciones de la señora de la limpieza y de las señoras del autobús, me di cuenta que no había ninguna coincidencia entre ambas. Estoy convencido que si hubiese preguntado a las gallinas del autobús me hubiesen indicado mejor. También en ese momento fui consciente de que yo mismo había provocado y buscado esa situación.

Recuperado por un descanso y un vaciamiento de vejiga y alentado por la promesa de aventura light decidí retomar el camino en dirección a Siena deshaciendo mis pasos, pero por un camino paralelo, por no repetir las mismas vistas. Por supuesto no era paralelo y por supuesto no deshacía mis pasos, y lógicamente iba en dirección contraria a Siena.
Esto, en otro momento y otro lugar hubiese sido totalmente intrascendental, ya que llegaría a otro pueblo y los lugareños se reirían de mí al contarme que iba en dirección contraria.
Pero las primeras personas con las que me iba a cruzar no les haría tanta gracia.

Al poco rato de llegar a una carretera secundaria un coche se paró a mi lado dando un frenazo, de su interior se bajaron dos individuos, grandes, rapados y con cazadoras inapropiadas para el calor veraniego. Con la misma rapidez con la que se bajaron del coche se acercaron hacia mí y me pusieron sus placas de Carabinieri en la cara a la vez que me preguntaban qué es lo que hacía ahí a esas horas. Según salía la respuesta de mi boca me daba cuenta de lo absurdo que sonaba. Aparte de intentar convencerles que lo que contaba era cierto, a la vez, intentaba no parecer un imbécil, porque llegados a este punto me di cuenta que los policías solamente tenían dos opciones, o tomarme por un malhechor o tomarme por un idiota. No llevaba armas, llevaba una mochila con una cámara fotográfica y varias ópticas, así que, por suerte, empezaron a decantarse por la segunda opción, mi historia era lo suficientemente estúpida como para ser mentira.
Cuando te preguntan en Florencia porque has venido a la Toscana la respuesta es fácil y tan incontestable como evidente. ¿Pero cómo respondes con cierta credibilidad que te has bajado de un autobús en mitad de la nada y caminado por horas para probar y fotografiar un queso?
Los policias ya lo tenían claro, era la segunda opción.
Tras mirarse entre ellos e intercambiar un par de frases en un italiano con un acento incomprensible para mí, e incluso incomprensible para el mismísimo Dante, me “invitaron” a subir al coche con las caras más serias y amenazadoras que he sufrido en Italia, hasta conocer el mercado de Balaró o en Palermo.

Dentro del coche solamente hablaban entre ellos, se hacían alguna indicación de vez en cuando y me miraban de reojo por el retrovisor.
A los pocos minutos y tras bajar una pequeña colina descubrimos una pequeña casa, casi choza, de piedra, rodeada de ovejas, pasto y rayos de luz horizontal que se marcaban por la actividad de los animales al ver salir a su dueño para darles de cenar.
Al bajarnos del vehículo el pastor recibió a los policías con gran alegría, y tras intercambiar unas cuantas frases, Guido que así se llamaba el pastor, me estrechó la mano y nos invitó a los tres a pasar al porche que se encontraba en la parte occidental de la construcción.
Una sucesión de palos perfectamente trenzados formaban una sombra bajo las que se encontraba una mesa larga de madera y unas sillas. Allí fuimos esperamos el regreso de Guido. Los agentes seguían hablando entre ellos y de vez en cuando me miraban y asentían muy serios. Al momento aparecieron dos japoneses, y tras los respetuosos saludos de rigor se sentaron en la mesa con nosotros. No dirigieron palabra a nadie, solamente entre ellos, y en su idioma. Así que tenía japonés por la izquierda e italiano cerrado por la derecha. Cuando la situación estaba ya bordeando lo surrealista y mi cerebro empezaba a buscar una explicación, apareció Guido con una frasca de vino en una mano y una tabla de madera con varias ricottas en la otra. Los policías tornaron su gesto y me miraron divertidos y complacientes, Guido me ofreció un vaso de vino casero que prácticamente me bebí de trabajo tras brindar con el resto de personajes de este chiste. ¡Está un idiota, dos coreanos un pastor y dos carabinieri en una mesa…!

Los japoneses olfateaban su vaso con curiosidad y sorpresa para después dar cortos y temerosos tragos como si de una poción secreta se tratase.
Mi vaso se rellenaba a los pocos segundos de quedarse vacío. Lo más sorprendente es que el que lo rellenaba era uno de los policías. Mientras tanto Guido cortaba ricotta y la depositaba sobre trozos del pan más basto y rústico que haya comido.
La ricotta era como comerse una nube de queso. Su textura te pedía estrujar el queso con la lengua sobre el paladar y que ese sabor tan lácteo como campestre y herbal se repartiese por todas las papilas gustativas.
Mis comentarios bien intencionados en un italiano muy básico eran bien atendidos y mejor recepcionados por los locales, los asiáticos seguían mirándose entre ellos y picando como pajaritos. Yo no entendía muy bien la presencia de estas dos personas en la mesa pero es que tampoco entendía la mía. Así que decidí dejar avanzar la historia.

Tras zamparnos dos ricottas, media hogaza y bajarnos dos frascas de vino sencillo, digno y afrutado acompañado, pasamos a las conversaciones de sobremesa. Alimentación de las ovejas o del proceso de prensado de la uva, actos delictivos de lugareños que no conocía ni conoceré o trajines entre concejales, y por mi parte las mejores horas situaciones y objetos para fotografiar comida o cuál es mi próximo destino dentro y fuera de Toscana pero dentro de Italia centraron la conversación. Éste último tema llevó a una discusión que suelo presenciar con cierta frecuencia, qué es el enfrentamiento entre lugareños por recomendarte lo que ellos consideran lo mejor de la zona y que no debes perderte. Da igual que sea de comer, beber, dormir o ver.

Tras despedirnos de Guido, y creo yo también de los japoneses, los policías me subieron en el coche, me llevaron hasta Siena y me dejaron frente a una casa en la que me aseguraron que me estaban esperando para darme alojo esa noche.
Se despidieron sin bajarse del vehículo con las mismas caras serias con las que se habían presentado. Acelerón macarra del motor para perderse entre las callejuelas de las afueras.
Llamé a la puerta y nadie abría, así que entré por mi cuenta y riesgo. Era una especie de albergue desierto, una pequeña oficina, a modo de recepción, se podía observar por entre una ventana a la izquierda, una sala de espera a la derecha y una escaleras al frente. Decidí esperar en la sala.
Tras casi media hora en la que no aparecía nadie subí por las escaleras y comprobé que más que un albergue debería ser un centro cívico o algo parecido, no había habitaciones pero sí muchas mesas con ordenadores, archivadores, etc. En el Camino de Santiago me tocó alojarme en algo parecido. Así que ante la perspectiva de verme buscando una habitación en alguna pensión de Siena en mitad de la noche, decidí buscar el mejor sitio donde ponerme horizontal. Lo encontré en el oscuro sótano donde adiviné una sucesión de lo que parecían pequeñas habitaciones con incómodos camastros. Para mí, y en ese momento era más que suficiente. Me tumbé y justo antes de quedarme dormido me dí cuenta que no había tomado una sola fotografía de la ricotta, solamente me había preocupado en comérmela.

A la mañana siguiente, al despertarme con la luz del sol y alguna voz procedente del piso superior puede reconocer que estaba durmiendo en algo parecido a una celda, hecho que confirmé al subir a la recepción y leer un cartel, inapreciable en la noche, que rezaba algo así: Arma dei Carabinieri – Stazione di Polizia.
Sin tener muy claro si no debería estar allí o no decidí salir de pitando por la puerta cuando ésta se abría y por ella entraba un agente perfectamente uniformado, que tras mirarme de arriba a abajo me gritó algo que no reconocí como italiano y tras un par de segundos de mirada amenazante me ofreció un manojo de llaves. Ante mi sorpresa lo tomé y esperé instrucciones por parte del policia, pero éste desapareció corriendo por las escaleras en dirección a las oficinas. Tuve la suerte de reaccionar rápido y salir pitando por la puerta.
A los pocos metros de mi escape me dí cuenta que estaba con el manojo de llaves en la mano, así que regresé, entré y lo deposité en la recepción a la vez que escucha al policia bajando y jurando en hebreo. Por suerte las calles de Siena son ideales para escapar y para comer Pici.



   
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