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© Álvaro Germán Vilela
Álvaro Germán - Fotografía | Pitanza gaditana II. Un tablón en el templo de Heracles.
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Pitanza gaditana II. Un tablón en el templo de Heracles.

¿Realmente merece la pena alojarte en un hotel de una cadena de cuatro estrellas diseñado y decorado de igual manera que su hermano madrileño o londinense? ¿Realmente merece la pena sentarte a cenar en un Estrella o Sol de la guía de turno? Esas preguntas te asaltan al visitar lugares como Cádiz. Y es que uno de sus mayores atractivos es vagar por sus callejuelas y alternar con los lugareños, unos habitantes casi caricaturizaods que no son, ni mucho menos, sospechosos de gastroestupidez.

Saliendo, ya casi comido, del mercado general de abastos me topé, como era habitual en esa ciudad, con un paisano gritando y anunciando la invasión de un par de cientos de erizos en su tablón inventado en mesa donde se abrían y servían de la manera más básica y rudimentaria. Machetazo y al plato. Todo es tan simple que sorprende.

No hay definición más acertada como sencilla para describir el sabor de un erizo. Es como comerte el mar. Así de simple. Siempre he sido más fan de todo lo que sale de las aguas bravas, fías y duras que de las calmas y cálidas. De igual forma siempre pensé que los erizos gallegos y asturianos eran insuperables. Pero he de reconocer que esta inmediatez y cotidianidad le aporta al producto un aliño especial que potencia su sabor. Sería perder el tiempo describir y hacer símiles sobre la textura de las huevas. Un erizo hay que probarlo.

Y de puesto ilegal en puesto ilegal logré no sentarme en la mesa de un restaurante durante tres días. Ciertamente me jugué una ruleta rusa, si las ostras hubiesen estado malas sí que me hubiese sentado esos tres días, pero en otro sitio. Aunque no sería justo afirmar que no me senté. Pude hacerlo en esa ocasión y difrutar de mis erizos acompañado de una cerveza porque en Cádiz te puedes sentar en cualquier terraza llevando la comida que has comprado en otro lugar. Al la situación le pregunté a una camarera si podía sentarme con mis erizos, su cara de extrañeza ante mi pregunta me confirmó que sí podía hacerlo y que no se imaginaba que hubiese lugar en el mundo en la que no se pudiera. Sí amiga, la hay. ¡Los raros sois vosotros, quilla!

Erizos de mar

Ostras

 

Horas después, en una callejuela, me crucé de nuevo con el paisano de los erizos. En esta ocasión me ofreció el postre. – Psss, psss.. ¿Chocolate, chocolate?

Los fenicios, los griegos, los persas o los romanos no navegaban más allá de la línea imaginaria que trazan las columnas de Hércules. A pocos kilómetros les esperaban las columnas de Melkarth, de las que ellos pensaban que era una suerte de antesala de un mar infernal y del fin del mundo. Aunque me divierte pensar que pudo ser porque en la derrota de los barcos se cruzaba el grito de ‘¡¡Echinos, Echinos alsus!!’ procedente de algún puesto cerca de Sacti Petri, que a modo de canto de sirena detenía a los marinos hasta hacerles pensar que no tenía mucho sentido ir más allá. Ya tenían todo lo que necesitaban esa tarde cálida de otoño.

La oferta en las calles es constante de sencillez. La oferta de comunicación con sus gentes también. Combinando las dos, cualquier cerebrado se puede llegar a replantear lo que realmente importa y como importa. En los hostales familiares en los que he planchado la oreja en este viaje he podido disfrutar de uno de los mayores atractivos de esta preciosa ciudad, su gente. Y en las calles, tascas y puestos ambulantes la más genuina comida.



   
Copyright © 2019 Álvaro Germán