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© Álvaro Germán Vilela
Álvaro Germán - Fotografía | La G de PIGS.
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La G de PIGS.

Escribo esta entrada en medio de las reuniones de gerifantes europeos para intentar evitar la quiebra de Grecia.

Desde mi ignorancia sobre economía y política solamente puedo hacer un puñado de apuntes, obviamente, relacionados con la pitanza helena. Aunque se podrían aplicar a la inmensa mayoría de países.

¿Cómo se puede entender que en un país con tantos kilómetros de costas se pasen penurias?
Cierto es que la pesca en el mediterráneo ya no es lo que era, y cuando lo fue no era de especies muy grandes, las pesquerías mediterráneas están bajo mínimos, y las cuotas, sobrecostes e intermediarios en máximos. En el interior un tanto de lo mismo, un campo de justos recursos ya que Grecia es un país de poca flora y con problemas de riego. En la antigüedad, una civilización tan rica y próspera no pudo salir de un ambiente con estas bases.

vid
En las islas esto se complica con los fuertes vientos. Recuerdo en Santorini, grabando los viñedos, como los golpes de aire me desplazaban con cierta facilidad agarrado a mi cámara y trípode, que por aquel entonces todo ello pesaba en torno a 20 kilos. Allí, incluso la arquitectura de las vides se han adaptado al medio. Los sarmientos se van retorciendo sobre sí mismos hasta formar un cesto que protege a las uvas en su interior de las duras y secas ventiscas. Un sistema muy ingenioso que, cuando lo conoces, hace que tu opinión sea más benévola con respecto al rico y minusvalorado blanco de Santorini. A la Retsina no termino de encontrarle la gracia.

No todo en Grecia se ha adaptado al medio, sobre todo los griegos, que por su idiosincrasia no se han adaptado demasiado bien a eso de comprar fuera, a precio de oro, lo que ya tenían en casa, o lo que es peor, comprar una basura que no necesitan ni quieren pero que ha dejado de producirse porque no es rentable o porque así lo ha decidido el lobby de turno.
Y de esto de pagar 3 euros por un kilo de manzanas extranjeras, aquí en España, plagadas de químicos para que aguanten el duro y laro viaje, también sabemos un rato.

He estado en Grecia tres veces. Las dos primeras hace más 10 años. La última hace poco más de un lustro. Mis recuerdos son pocos pero intensos.
En mi primer viaje trabajamos rodando un crucero, de esos de jubilados, en el que la comida estaba muy bien presentada y de calidad aceptable pero muy aburrida y monótona. Así que cuando bajábamos a puerto aprovecha para comer cualquier cosa sin globalizar. La comida griega es como los griegos, un axioma aplicable a cualquier país que he conocido. Bueno, no, a Cuba no me parece muy aplicable. Pero para rizar el rizo de esta aseveración también diría que los habitantes de un país son como su comida o su gastronomía les convierte en lo que son o como se comportan.
Los griegos comen con las manos, tanto en la calle como en la mesa, una tabla muy larga para albergar a un buen número de personas que se reúnen en torno a ella. Comen muy acompañados, hablan mucho antes de comer, mientras comen, después de comer y cuando se levantan de la mesa. Preguntan tu opinión sobre lo que estás comiendo se preocupan por que te guste y sobre todo se preocupan por saber por qué te gusta. Miran orgullosos a tu cara de sorpresa cuando los infinitos Meze no dejan de aparecer hasta no ver ni un ápice de la superficie de la mesa. Abundancia, variedad, colorido, frescor, historia clásica y conversación y compañía es lo que te refleja una verdadera y buena mesa griega.

 

Crucero044
Cómo podría olvidar mi primer Kebab en una callejuela de Corfú, cómo podría no acordarme ahora de esa chuletada de cordero ejecutada manualmente en pleno centro de Atenas, o esa lluviosa noche  en una pequeña taberna del puerto de Heraclión, en Creta, donde aprendimos lo que era eso del Meze, o esa escondida tarde cerca de Knossos en la que descubrí lo que era y a lo que sabía un verdadero yogurt griego. Fue compartido con compañeros de trabajo, con uno de los dueños del comedero y con algún que otro desconocido, en una gran bandeja, en un pueblo perdido en el interior que no podría geolocalizar en la vida, cosa que le da cierto misterio al recuerdo. Entre bocado y bocado de esa crema blanca, que ellos insistían en llamar yogurt, pero que yo no reconocía como tal, intenté explicar a los lugareños aquello del χρόνια και χρόνια (jroña que jroña), pero no parecía que lo entendiesen muy bien y mucho menos le veían la gracia. Pero para gracia la poca que tuve al comentar a los lugareños mi creencia de que el yogurt era de origen turco.
Así, de esa tajante manera, ya pude centrarme en lo que más me interesaba, en esa crema blanca que bien parecía hubiese estado formulada por los Dioses del olimpo, ya que mi comentario no fue muy bien aceptado y el intercambio cultural terminó en ese preciso instante. Tiempo después aprendí, que los griegos y los turcos, al igual que en otros muchos aspectos de la vida, se disputan, a tortazos si hace falta, el origen de los platos más representativos y famosos de la cocina helena. Bueno, se disputan eso y todo lo que está bajo el cielo. No cabe duda que mucha influencia por ambas partes hay, la mayoría de los términos gastronómicos griegos que he mencionado son de origen Turco. Al igual que la gastronomía española está ricamente trufada por los árabes, es lógico pensar, que la cocina griega lo está por la turca. Pero no seré yo quién defienda esto, y mucho menos compartiendo mesa con un griego.

En penitencia por mi blasfemia proturca me mandaron a un campo próximo para buscar el postre, unas cuantas mandarinas recolectadas directamente del árbol. Eran feas, sin maquillaje, jamás te hubieses fijado en ellas en un supermercado y mucho menos las hubieses comprado, pero nunca he vuelto a probar un sabor dulce y cítrico como aquel.

Grecia es un sinsentido, una contradicción en sí misma. Un caos que se ve en los sistemas políticos y también en la mesa.
La prueba está en lo que me cuentan muchas personas que visitaron el país en los años 80 y 90. Nadie se había preocupado de las ruinas hasta que los extranjeros les hicieron notar el potencial y valor de esas piedras.
También fueron foráneos, en este caso los propios griegos que habían emigrado, los que hicieron notar que la gastronomía griega era algo destacable. Seguro que la historia te suena de otra gran gastronomía mediterránea. ¿Qué tendremos los mediterráneos que nos cuesta vender todo lo bueno que tenemos? Ahora viene cualquier listo y te vende humo con una labia asombrosa. Cuentas comidas sin valor se están imponiendo en entornos ricos en recursos sanos y naturales. Educación, esa es la única manera de parar este sinsentido. Deberíamos insistir en enseñar a nuestros hijos la historia cultural del Mediterráneo en cuanto gastronomía y comercio. Fenicios, venecianos, romanos, egipcios o los propios griegos navegaron a lo largo y ancho de los siglos por las aguas del mediterráneo tejiendo una red cultural muy tupida de la que nos hemos estado aprovechando hasta hace bien poco. Ósmosis cultural y amalgama de productos conformaron lo que considero el mayor bien inmaterial de la humanidad, la dieta mediterránea. Esta tupida red está cada vez más deshilachada, intentando envolver a una sociedad que ya no la aprecia como se merece y que las nuevas generaciones la observa ajena.
Greek salad.

Parece que hay una tendencia, que bien pareciera impuesta también, de gastronomizarlo todo y así subirle el precio. Cualquier cosa que sea buena debe ser cara, igualando ese disonancia cognitiva en absurdez al de que todo lo rico engorda. Pareciese que los heliofóbicos se rían de vender un frigorífico a un esquimal, y es que la producción alimentaria y la gastronomía griega no necesitaba de muchos cambios, estaba su grandeza en su sencillez, el secreto en la aceptación popular. Pero hemos permitido una sociedad en la que nos hemos visto obligados incluso a pagar por comer los antibióticos que ayudan a engordar una lubina.



   
Copyright © 2019 Álvaro Germán