Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!
Madrid / San Sebastián
Email: info@alvarogerman.com
Phone: 0034 639 909 755
Instagram posts
Twitter posts
Latest From Our Blog
Menú
© Álvaro Germán Vilela
Álvaro Germán - Fotografía | Huevos y coreanos
16948
post-template-default,single,single-post,postid-16948,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,side_area_uncovered_from_content,qode-theme-ver-17.0,qode-theme-bridge,disabled_footer_top,disabled_footer_bottom,qode_header_in_grid,wpb-js-composer js-comp-ver-5.5.5,vc_responsive

Huevos y coreanos

Charlando hace unos días con mi compañero Alex, que es de Ponferrada, respecto a la huerta y el alambique ilegal de su padre recordé una capítulo de mi Camino de Santiago sucedido por aquellas tierras.

Andaba yo perdido por los montes de El Bierzo cuando arribé a una curiosa posada. Se trataba de una modesta casa levantada con nobles tablones de madera y rodeada de otras muchas construcciones de menor tamaño que alojaban a un sinfín de animales, burros, patos, gallinas, erizos, algunos bichos parecidos a las zarigüeyas, conejos y hasta un enorme cerdo de nombre Peláez. Para mi suerte, a parte de un arca de Noé Berlanguiana, era también un alojamiento de peregrinos, y ante la curiosa situación zoológica y el improbable hallazgo de algo parecido en el resto de mi etapa diaria, incluso de mi vida, y a pesar de ser las cuatro de la tarde, decidí pedir alojo por esa noche. Tuve suerte, había sitio, junto con dos coreanos, padre e hijo, éramos los únicos hospedados en esa suerte de granja.
El dueño era un señor que rondaba los 70 años o por lo menos su piel los aparentaba, lo único que le libraba de la sensación de senectud era su estado rollizo y rosado, algo así como un Papá Noel berciano. Tras presentarse, pedirme el DNI e interrogarme para asegurarse de que no era un etarra llegó a la conclusión de que si era vasco y no era etarra sería un buen cocinero; falso, o cuanto menos un buen comensal; cierto. Fuese lo que fuese le dió igual mientras no fuese de la ETA, y se alegró de no tener que pasar la velada con dos coreanos que no hablaban español y para más desgracia uno de ellos, el más joven, estaba enfermo.
Al entrar en el pajar lleno de literas vi a los coreanos, el enorme tamaño de la estancia y la débil luz que se colaba entre las grietas de la madera les hacía parecer más pequeños y vulnerables de lo que eran.
Papá Noel y yo nos acercamos a interesarnos por el enfermo. Mi anfitrión no hablaba inglés y mi ayuda, nivel I´m Muzzy, le vendría muy bien para saber que le pasaba o que le dolía al asiático. Desgraciadamente los coreanos hablaban inglés peor que yo y solamente pudimos deducir que tenía dolor de tripa y que se iba patas abajo cada poco tiempo. Mi anfitrión llamó a su mujer por el móvil y le encargó que a su vuelta, esa misma noche, le trajese alguna medicina en concreto para esos males de peregrinos asiáticos. Papá Noel parecía saber muy bien que es lo que le sucedía al coreano.
¿Ves esa puta guía de mierda que lleva?—inquirió señalando una vieja edición de una guía de viajes en la que se leía 스페인 (España)—.Ahí pone que en España no hay comida fuera de las ciudades, que seguimos viviendo en la Edad Media, salteadores de caminos, mosquitos, suciedad, el agua no es potable y la gente agresiva y mal encarada. ¡Literal oye! Qué pena que no leas coreano.
Él tampoco sabía coreano, pero tras muchos años en el Camino había aprendido de todo. Esa guías antiguas y muchas otras, sobre todo de Asia, recomendaban cargar con toda la comida que se pudiese necesitar para varios días y de no pararse en ningún lugar que no fuese 100% seguro. Pareciera que esa guía hablase no solamente de otro país sino de otro siglo.
¡Claro, se cargan durante horas e incluso días de comida perecedera que, a parte de sobrecargarles de peso, se pone mala a estas temperaturas, se la comen y cagalera que se aguanta el menda!. ¡Hay que ser gilipollas para cargar con un litro de yogurt líquido durante días!—.bramaba mi hospedero mientra salíamos del pajar.
¡Mira, mira!—me dijo señalando hacia el camino.
Allí caminaba a buen paso una japonesa de metro y medio con una mochila más grande que ella, una mochila que le sobrepasaba la cabeza más de 40 cmts. Todo un espectáculo.—Imagina ese tapón cuando llegué Santiago. Putas guías de mierda. Vamos a por unos huevos al gallinero para hacer algo de cenar que le asiente el estómago al chino ese.
No había oído nunca que el huevo tuviese esa cualidad, pero me daba igual. Papá Noel me había invitado a coger huevos frescos en El Bierzo, poder cocinarlos y comérmelos a la fresca; planazo.

Huevos04
Leyendo lo escrito hasta ahora me doy cuenta que me he convertido en una abuelo cebolleta, aquí empieza realmente lo que quería contar.

El interior del gallinero olía a calor, a calor de verano, a calor de fin de día de verano, a sol recién puesto, a ese momento del día en el que el sol parece observar el resultado de su golpeo durante horas sobre la madera, sobre la paja o sobre la hierba. Todos esos olores mezclados son los que reconozco como olor a gallinero, un término que no llego a comprender el porqué de su uso como término despectivo.
De niño acompañaba a mis amigos y a mi hermano a hacer maldades a un monte cercano a casa, allí había muchas huertas y gallineros y al pasar cerca de ellos en los días más calurosos del verano me quedaba embobado esnifando aquel olor tan primario, tan terroso. Es un olor que nunca he logrado encontrarlo o transportarlo a la boca.
Sé de muchos cocineros que lo han intentado y siguen en el empeño. En medio de mi viaje al pasado y de esa conexión olfativa entre dos partes tan diferenciadas y alejadas de mi vida, recogí la docena de huevos cálidos sin mucha colaboración por parte de las dueñas y con la emoción de un niño se los llevé a Papá Noel para que los convirtiese en la cena.

El menú fue Huevos con patatas y chorizo. Todo frito en buen aceite.
Cuando llegamos a la mesa con las fuentes de comida los coreanos ya estaban sentados esperando las viandas. Papá Noel nos sirvió vino a los tres de una gran frasca, los coreanos olfateaban su vaso con una curiosidad que antecedía a una divertida cara de sorpresa para después dar cortos y temerosos tragos como si de una poción secreta se tratase. El padre coreano ya no soltó el vaso en todo lo que restaba de cena. En breve aprendería cómo se las gasta un vino de pueblo español. Ya en mitad de la noche y tras olfatar el plato por diferentes motivaciones todos los presentes comenzamos la pitanza. Los coreanos se miraban de reojo entre ellos con curiosidad como si quisiesen avisarse de algo de lo que prevenirse, algún peligro de los que advertía la guía por ejemplo.
Minutos después apareció una joven de poco más de veinte años que se acercó a la mesa con paso decidido.
Hola cariño —saludó la joven.
Hola amor —respondió Papá Noel.
Supuese que sería su nieta, hasta que al llegar a la mesa se besaron con una pasión propia de quinceañeros. Yo estaba tan estupefacto como los coreanos con los huevos. La chica sacó una medicina de una bolsa y señalo al hijo coreano para hecerle neterder por señas que eso era para su mal de estómago. Una vez lo hubieron entendido se lanzaron sobre los huevos y el chorizo como un resorte. Ya tenían algo a lo que agarrarse. Por mi parte los recuerdo como uno de los pares de huevos más deliciosos que he comido en mi vida. Yema naranja brillante, centrada y alta, clara densa, firme y transparente; y por supuesto aliñado con el recuerdo de ese olor de gallinero cálido del que los había sacado. Eso sin duda los hizo más deliciosos. Hubiese repetido, pero como muy lento y los coreanos y Lolita se me adelantaron. Al terminar el hijo coreano tomó su medicina y junto con su padre que acababa de soltar la frasca, se levantaron, conocieron la sensación de barco, maldijeron la pitarra en coreano y se fueron a dormirla al pajar. Yo hice lo propio tras ayudar a recoger, comentar jocosamente la cena y llegar a la sabia conclusión de que si tiene un huevo tienes la cena. A la mañana siguiente, al levantarme, vi que no había rastro de los coreanos, el pajar estaba desierto. Me asee, me vestí, recogí mis cosas y salí a despedirme de mis anfitriones. Pero tampoco estaban, estaba todo cerrado. Yo, en cierta manera, necesitaba despedirme de alguien o de algo a modo de agradecimiento o de cierre de capítulo. Lo único con lo que tenía alguna conexión emocional para despedirme eran las gallinas. Así que me acerqué al gallinero, les di las gracias a las gallinas cual chiflado y me marché esperando que nadie me hubiese visto, ni siquiera las propias gallinas.
Fried Eggs with Potatoes Served in a White Plate.


   
Copyright © 2019 Álvaro Germán