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© Álvaro Germán Vilela
Álvaro Germán - Fotografía | La mejor repostería del mundo es…
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La mejor repostería del mundo es…

…la portuguesa.
Aunque sé que necesitaría un libro entero para defender tamaña afirmación me voy a limitar a un post. Un post que sin duda se quedará anticuado muy pronto ya que constantemente descubro delicias dulces portuguesas.

Quiero comenzar diciendo que un tanto por ciento alto de todas las veces que me he emocionado comiendo ha sido con la repostería lusa. No es una repostería que para disfrutar de ella se tenga uno que rascar uno el bolsillo o hacer cola en un comedero de moda. Está en la calle, en puestos ambulantes a precios más que asequibles. No es la primera vez que me doy media vuelta en mitad de la calle y en mitad del pastel para volver al tenderete y repetir la compra y preguntar a la pastelera por la receta y su origen. Por lo general no tienen idea o dicen no tenerla.
Y no hablo de sofisticados pasteles creados de complicadas combinaciones procedentes de incunables recetarios. Me refiero a pequeños bizcochos caseros de naranja que te hacen poner en duda aquello de que el mejor bizcocho es el de tu madre, como a uno que me asaltó en un kiosko cualquiera de un parque cualquiera en un barrio cualquiera en una ciudad cualquiera… de Portugal.

O aquel Brazo de chocolate y naranja, Torta Portuguesa, tan deliciosamente inesperado que me alegró un desayuno en la ciudad más insufrible, en la que peor que comido y con menos portugueses que he visitado en Portugal, Albufeira. Solamente ese corte de Brazo de gitano me alegra el recuerdo de esa ciudad totalmente rendida a los descerebrados turistas ingleses de borrachera. Lástima que no exista el turismo de repostería.

Pasteis de laranja.
Bolo
Siempre que alguien me pide consejo para comer algo rico en Portugal le recomiendo comprar reposteria por la calle y por duplicado. Tras comerte el primero, guarda el segundo para comértelo según te levantes, en ayunas, que sea lo primero que entre en tu boca. Cambia totalmente la textura y el sabor y es una nueva oportunidad de descubrir el pastel.

Ahora es cuando podría contar los orígenes Árabes de la repostería del sur de Europa, y cómo los países de tradición monástica han mantenido todas estas recetas durante tantos siglos, pero para ilustrar toda esa parte de la historia prefiero el ejemplo español, o el siciliano que comparte nuestro carácter latino y mediterráneo; extrovertido, jocoso, alegre, gesticulante, gritón y espontáneo. Ya que el carácter portugués es todo lo contrario me interesa incidir más en el lado social, el bando del que está al otro lado del mostrador, el que se lo come.

Los portugueses tienen necesidad del dulce como si de una especie de droga se tratase, una dosis azucarada de corto recorrido que da un subidón de serotonina que le viene muy bien al carácter portugués para llegar con ánimo al próximo pensamiento melancólico o recuerdo añorante.

Recuerdo una chica con la que compartí un banco en un parque de Viseu durante unos 10 minutos, los que tardó en zamparse media docena de Pastéis de Feijão, unas tartaletas más o menos cónicas rellenas de una masa a base alubias blancas y azúcar.
Le llevaba observando un rato mientras hablaba por teléfono en una cabina telefónica, me llamó la atención porque lloraba a lágrima viva con una parsimonia y tranquilidad que no se correspondía con todo el líquido que salía de sus ojos. Tras colgar y salir de la cabina con el mismo caos interior que de calmo exterior se dirigió a una pastelería al otro lado de la acera (en todos los otros lados de la acera de Portugal hay una pastelería), para salir a los pocos minutos con un paquete en las manos. Se sentó a mi lado ya sin llorar pero con los restos del naufragio todavía en la cara. Abrió el paquete y se zampó la media docena de Pastéis de Feijão que contenía, uno tras otro. A cada cono que se metía se le recuperaba un poco más el alma.
Al finalizar arrugó el papel, lo tiró al suelo, se levantó, y se marchó prácticamente recompuesta. Supongo que a buscar otro novio que no le importase que fuese una cerda incívica.
Más allá del trasfondo social de la historia, siempre me he preguntado el porqué de la elección de un pastel con un sabor tan peculiar, mucho azúcar, almendra y legumbre, que le da un sabor terroso y somete a los dulces. Todo un alarde de pastel en sus múltiples versiones, todas ellas con la estructura de tartaleta.
Y es que en Portugal se usa tanto ese formato tan práctico y portable que los llegas a confundir entre ellos.
Sin duda el más famoso es el Pasteis de Nata, que no hay mucho más que apuntar de lo ya apuntado, salvo que reconozco que en todas las ocasiones en las que he visitado Lisboa me he negado a perder horas de mi vida en hacer cola en una pastelería para probar el original, el Pastéis de belem.
Feijao

Estoy seguro que si no me topo con algo que me hiciese levitar mi cerebro lo rebajaría a la categoría de bollería Industrial y se me pondría una mala leche tremenda si después de esperar mucho por probarlos no mejorasen en nada lo que se puede probar en muchas pastelerías del Barrio Alto, por ejemplo. Mi última casera de Lisboa me invitó a unos Pasteis de nata, que no de Belem, que para su gusto eran más sabrosos que los de la pastelería original. No puedo opinar, pero a mí me velen. No levito pero mi cerebro llega a pedir pista de despegue.

Coscorroes
Otro detalle que me gusta de la repostería Portuguesa es que no se encorseta en un producto, como pasa en otras reposterías, y Portugal por un pasado de navegantes y de descubridores bien podría haber basado su arte en el cacao y el chocolate. Pero no, el interior del país aportó y aporta mucho con sus recetas de convento y productos de granja, como los huevos que dan la base a obras maestras como los Ovos Moles de Viseu, yemas confitadas en almíbar y recubiertas de una fina oblea, o  la mantequilla, imprescindible su calidad para la elaboración del hojaldre. Y es que el hojaldre es otro de los imprescindibles portugueses que crea sencillas obras de arte como el Cosçorroes, una suerte de pestiño de masa más fina y un tanto suflada con cortes para que la miel y el azúcar que los baña haga perrerías a sus anchas.

Parecen poco argumentos para defender la afirmación que da título a este post, pero es que coma lo que coma y coma donde lo coma nunca salgo defraudado. Da igual que sea un fino café en Viseú o un modesto tenderete de un viejo mercado de Oporto.

Una última consideración a modo de cierre; cualquier cosa que un se zampe y logre subirle el ánimo o alegrarle el alma durante un rato debe ser respetada y admirada, haciéndole a uno deudor de cacarearla.



   
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